El hermano menor del rapero Morad El Khattouti ha sido detenido por apuñalar a tres adolescentes durante las fiestas de Molins de Rei, en Barcelona. Esta agresión gratuita, perpetrada «por diversión», no solo deja heridas físicas en las víctimas, sino que expone una vez más las grietas en nuestro sistema de integración y control migratorio. Según informes policiales, el agresor, un menor con once expedientes previos por robos con violencia e intimidación, actuó sin provocación alguna, hiriendo en el rostro a los jóvenes que simplemente disfrutaban de la celebración local.
Los hechos, ocurridos en la madrugada del sábado al domingo, involucran al familiar de Morad y a otro cómplice, también menor, quienes se abalanzaron contra las víctimas cerca de la estación de Renfe. «Estaba tranquilo y correcto con nosotros, pero sin un ápice de arrepentimiento. Es de esos perfiles que te da mala espina, porque no ve problema en lo que ha hecho», declaró una fuente de los Mossos d’Esquadra al medio Marca. Las víctimas, atendidas en el Hospital Sant Joan de Déu con cortes, podrían haber sufrido consecuencias mucho peores en esta emboscada sin sentido que revela un patrón de violencia importada.
Pero este no es un caso aislado. Morad, de origen marroquí y con un historial judicial que incluye condenas por alentar disturbios, agredir a policías y desobediencia durante la pandemia, representa un debate más amplio sobre la inmigración descontrolada. ¿Hasta cuándo permitiremos que individuos agarenos con antecedentes delictivos campen a sus anchas, armados y sin temor a la ley? Fuentes consultadas indican que el hermano formaba parte de un grupo que buscaba pelea, posiblemente ligado a otro asalto la noche anterior donde un joven resultó herido en la cabeza. Crítica Global, pionero en revelar el suceso, subraya que la agresión fue «completamente gratuita» y sin relación previa con las víctimas.
Frente a narrativas progresistas que minimizan estos incidentes como «excepciones», la realidad golpea con fuerza: la delincuencia asociada a ciertos perfiles migratorios no es un mito, sino una amenaza creciente que exige mano dura. Medios como El Debate destacan que el ataque ocurrió «por diversión», cuestionando la efectividad de políticas laxas en integración. Es hora de debatir sin complejos: ¿deben las autoridades priorizar la deportación inmediata de reincidentes extranjeros, independientemente de su edad o fama familiar? La respuesta, para cualquier observador racional, es un rotundo sí, antes de que más inocentes paguen el precio de esta permisividad.
En contraposición, voces de la izquierda podrían argumentar que se trata de un problema socioeconómico, no étnico, pero los hechos hablan por sí solos: con once antecedentes a tan corta edad, este menor encarna el fracaso de un modelo multicultural que ignora la responsabilidad individual. Basta ya de excusas; es tiempo de ley y orden para proteger a la sociedad española.






