Invitó Pedro Sánchez a #Oriol #Junqueras a Moncloa para cerrar un acuerdo sobre financiación, en uno de los actos públicos más ridículos de la ya de por sí ridícula trayectoria del sanchismo. Invitó a Junqueras pero lo mismo podría haber invitado a Bisbal y a Bustamente con todas sus coristas; el tema fue la financiación, pero lo mismo podría haber sido el misterio de las pirámides. Ni Oriol Junqueras pinta nada ya, ni los acuerdos a los que lleguen PSOE y ERC pueden implementarse, dado que han perdido la mayoría parlamentaria. Alguien podrá pensar que se trataba de una maniobra de imagen, de iniciativa política para el público de izquierdas, pero nadie en su sano juicio puede pensar, a estas alturas, que una foto con Junqueras va a provocar en los ciudadanos otra cosa que un bostezo y una ráfaga de náusea.
Oriol Junqueras ganó las últimas primarias de #ERC mediante una estrategia realmente curiosa: se dedico a “pisar el territorio”, es decir, a aparecer por pueblos y barriadas, en pequeños ateneos o en locales vecinales, castigando a los asistentes con sus habituales discursos incomprensibles e inacabables. Como que nadie iba a verle, salvo los cuatro afiliados de turno, la cosa no se notó demasiado. Hubo una estampa especialmente cómica cuando apareció en una vaquería con su equipo y una cámara, como si todo fuera por azar, y sometió a un pobre payés a una perorata delirante sobre la madre naturaleza, la patria catalana y los valores republicanos. Hasta las vacas se ponían nerviosas.
Ambos, Pedro y Oriol, hablan ya para el vacío, para una eternidad de indiferencia. Se pusieron el uno frente al otro y, se supone, fueron hablando por turnos, como si estuvieran conversando de verdad. Luego se fueron cada uno por su lado y nada cambió. Sánchez es un político en agonía, a las puertas del escarnio sostenido de la posteridad y, Dios lo quiera, de unos años de cárcel. Pero Junqueras ni siquiera es eso: es el boxeador sonado, el trasto inservible que nadie sabe donde poner, el abuelo delirante. El problema que tiene es muy difícil de diagnosticar, pero sin duda es de una gravedad extrema. No entiende nada, no aporta nada, no cree en nada. Un día de estos se presentará a un acto con un helado de vainilla y un babero.
El embuste del procés fue tan terrible, tan dañino e inimaginable que cuesta creer que aún queden en activo líderes de aquel movimiento: Junqueras, Puigdemont, Rull, Rufián, #Turull. Todos ellos se resisten a ser borrados del mapa como lo fueron Elsa Artadi, Jordi Cuixart, Anna Gabriel o Laura Borrás, de los que nada se sabe ni se sabrá nunca más. El hecho de que Sánchez piense que pactando ítems imaginarios con un pobre hombre demenciado el país saldrá adelante, solo demuestra hasta qué punto ya solo vive minuto a minuto, aterrorizado por su futuro judicial. Ya no queda nada de su poder, absolutamente nada, solo un triste epílogo de agonía y bochorno que ojalá no se prolongue demasiado.
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