Hemos conocido esta semana la decisión de Yolanda Díaz de no presentarse a las elecciones de 2027 y salir del primer plano político. El anuncio llega en mitad de la micro tormenta que agita la izquierda a causa de las maniobras de Gabriel Rufián para conseguir algún tipo de candidatura unitaria. En seguida supimos, por las negativas de Bildu y el BNG, que los movimientos de Rufián estaban condenados al fracaso; esperemos que en este caso Yolanda triunfe de manera rotunda en su voluntad de retirarse y dejarnos en paz.
A la izquierda del PSOE el espacio político es un auténtico jardín florido, con mil tipos de locura conviviendo en total desbarajuste. De entre todas las corrientes surgidas del 15M, Yolanda Díaz ha representado un muy peculiar tipo de postura, basada de manera desconcertante en la pura estupidez y la cursilería. Una y otra vez se ha dedicado a dar besos y carantoñas y a dirigirse a los ciudadanos como si fueran niños de parvulario, con un tono sonriente y ñoño impropio de cualquier conversación adulta. Como a esto se ha sumado su apuesta por una imagen sofisticada, con indumentarias caras y hábitos de consumo muy poco proletarios, Yolanda pasará a la historia como un personaje vacío, irritante, sintomático de una época de mediocridad e indecencia.
Rajoy se enredaba con las palabras, Yolanda se ha venido enredando con la lógica elemental desde que apareció en escena, cabalgando la ruina de Galapagar en beneficio propio. Comunista de carnet, traicionó a Pablo Iglesias para abrazar una especie de errejonismo bobo, de la mano de Mónica Oltra y Ada Colau, que mantenía toda la toxicidad de Podemos pero la disimulaba bajo el envoltorio de unos modales amables. Su artefacto político, Sumar, es algo tan difuso y deslizante, que literalmente hoy no se sabe en nombre de quién o de qué está Yolanda en el gobierno. Tampoco nadie sabe qué ideas defienden, a parte de una obsesión con el salario mínimo y un apoyo histérico a la causa del terrorismo islámico en la figura de Hamás. Han aguantado sin inmutarse todo el tsunami de la corrupción del PSOE como si la cosa no fuera con ellos para dedicarse a la tontería ecofeminista de manera insomne.
Alguien decía que si Yolanda trataba como idiotas a sus votantes (con su insoportable mezcla de sonrisas y sandeces) es porque los conocía bien. Todos recordamos el famoso vídeo de la tabla de la plancha, filmado en la residencia oficial que ocupa, en el que decía que planchar la ropa es lo que más le relaja. Del armario repleto de ropa de Armani no decía nada. El otro día se le ocurrió hacer un directo en redes desde su despacho y no se conectó nadie. Literalmente nadie entró en el directo para preguntar nada a Yolanda. El país hace tiempo que la dio por amortizada, como todo el gobierno del que participa, pero ella no tiene la vergüenza torera suficiente como para quitarse de en medio y ahorrarnos estos últimos meses de bochorno. La moqueta tira mucho.
La pregunta que tenemos que hacernos es, visto lo visto, qué tipo de ecosistema político es el nuestro, que eleva a los puestos más altos a personajes como Yolanda. Porque todo el mundo le reconoce a Pedro Sánchez, al menos, un grado de maldad maquiavélica que explica su carrera política, pero en Yolanda no ha habido más que papanatismo y torpeza. La mujer ha arruinado todo lo que ha tocado y su única reacción ha consistido, siempre, en una nueva tanda de sonrisitas, besitos y monerías. Algo estamos haciendo muy mal, desde hace mucho tiempo, para que esta mujer haya estado decidiendo sobre la vida de los españoles. Ahora anuncia su marcha, pero alguno de los suyos tomará el relevo, quizás Urtasun, quizás Mónica García cuando acabe de sublevar de manera unánime a la profesión médica. Esto es el rayo que no cesa






