La música española amanece de luto. Roberto Iniesta, Robe, uno de los artistas más influyentes y singulares de nuestra historia reciente, ha fallecido, dejando tras de sí un silencio tan grande como la huella que imprimió en millones de personas. Su voz rasgada, su poesía áspera y luminosa, y su forma de entender la música como una verdad cruda y sin filtros lo convirtieron en un referente eterno.
Robe no solo fue el alma de Extremoduro, sino también el creador de un universo propio en solitario, capaz de emocionar con una simple frase o un grito que parecía salir desde lo más profundo del ser humano. Durante décadas, sus letras acompañaron vidas enteras, se colaron en noches de insomnio, en viajes interminables y en momentos donde uno solo pedía una línea que explicara lo que sentía.
Su partida deja un vacío inmenso. Pero también nos recuerda el impacto real que puede tener un artista cuando decide vivir y crear sin concesiones. Robe fue auténtico hasta el final. Cantó a la libertad, al dolor, al deseo, al caos y a la ternura con la misma intensidad. Su música nunca fue solo música: fue un refugio, una sacudida, un lugar donde reconocerse.
Hoy miles de seguidores repasan sus canciones buscando consuelo, encontrando en ellas un eco distinto, más frágil, pero más eterno que nunca. Porque aunque Robe ya no esté, sus versos seguirán sonando donde empieza y acaba el silencio, acompañando a quienes crecieron con su obra y a quienes aún están por descubrirla.
Se apaga una de las chispas más adecuadas que ha dado nuestro país, pero su luz no desaparece: permanece en cada guitarra que se enciende, en cada escenario que retumba con alguna de sus frases y en cada persona que alguna vez sintió que sus canciones le salvaron un día, aunque fuera un poco.
Hoy nos despedimos de Robe Iniesta.
Y lo hacemos sabiendo que, de alguna manera, seguirá con nosotros cada vez que la música vuelva a doler y a sanar.

