Entró Trump en Venezuela como quien se ha dejado las gafas de sol en la terraza del bar, una soleada mañana de domingo: vino a por lo suyo y se marchó sin más dramas ni aspavientos. Unos le llaman intervención precisa y quirúrgica, otros ven una simple patada en el suelo de quien quiere recordar a los demás quién manda aquí. En redes sociales el asunto se debate desde mil ópticas distintas, como si se barajaran mil tomas televisivas de un penalti mal pitado y mal revisado por el VAR. Pero el partido sigue.

La izquierda patria aún está enrabietada. Estaban muy contentos abrazando la causa de Hamás y el antisemitismo, ahora han de enarbolar la bandera bolivariana y se están preparando para tener que defender a los esquimales de Groenlandia. Mucho trabajo para quienes están acostumbrados a dedicarse, de manera sencilla y lucrativa, a la pose, el slogan y el cacareo gallináceo. ¿Trump se ha saltado el derecho internacional, como afirman nuestros progres de salón? El problema es que el derecho internacional viene a ser algo así como el arco iris: monumental pero inasible, poco más que un espejismo majestuoso. Ni los muy ricos ni los muy pobres viven de acuerdo a la ley: el apego a la norma es una manía nacida de las manías kantianas de la clase burguesa. A los muy ricos no les importa pagar las multas y los muy pobres ven la cárcel como una mejora de su situación, un lugar en el que se te garantizan un techo y tres comidas. Aplicado al escenario geopolítico internacional, esta idea da cuenta de la jerarquía desvergonzada del poder planetario. Las superpotencias hacen y deshacen sin tener que atender a las consecuencias, el tercer mundo ya experimenta como un logro el aparecer en pantalla, ni que sea como víctima.

Cabe recordar que el marxismo nació para proponer, de manera explícita, la destrucción de la religión, la nación, la familia y la propiedad privada. Esto se olvida a menudo, porque en Europa nos hemos acostumbrado a la izquierda caviar, a los Bardem, a los Víctor Manuel, a los Almodóvar. El árbol del marxismo arraigó a principios del siglo XX y ahí está, como parte del paisaje, dando sombra según van pasando los años. Hemos dado por bueno que la religión haya sido sustituida por un laicismo republicano, que la nación quede reducida a un simbolismo vacío en favor de organismos supranacionales invasivos, que la familia haya sido redefinida hasta abarcar cualquier cosa y que la propiedad privada sea asaetada, día y noche, por políticas fiscales dignas de Barbarroja. El marxismo es parte de nuestra dieta, de nuestro ruido blanco de fondo, de nuestro martes por la tarde. Nos cuesta imaginar que hubo un mundo, no muy lejano, en que se distinguía claramente el veneno del remedio. Hoy todo está mezclado.
El paradigma bolivariano es una mezcla calamitosa de comunismo, indigenismo y cursilería de TV movie. De manera esencial, uno de sus vectores de fuerza principales es el odio a España, lo que resulta muy cómodo para esa izquierda nuestra abrazada al secesionismo doméstico. Su carga revolucionaria resultó en la sustitución de los oligarcas antiguos por unos nuevos, semi militarizados de manera cómica, ladrones hasta la médula, que han producido la famosa igualdad perseguida por la izquierda generalizando la miseria moral y la ruina económica. Veintisiete años de chavismo han conseguido arruinar de manera clamorosa una potencia petrolera, lo que tiene auténtico mérito.

Frente a todo ello, hay que admirar la franqueza descarnada de Trump, al proclamar “este es nuestro hemisferio”. Transparencia total. Al oeste del atlántico no hay lugar para proxys del eje Rusia-China-Irán, mucho menos si supone la gestión de unas reservas petrolíferas colosales. Trump no se entretiene en divagaciones académicas acerca de la democracia o los derechos humanos, no pierde el tiempo en sentimentalismos ni medias verdades. Si queremos y somos capaces, lo hacemos. Fin del constructo ideológico. Oponerse a Trump ahora mismo supone oponerse a la cruda realidad – pero claro, oponerse a la realidad es lo propio de la izquierda gramsciana que domina el discurso político europeo desde principios del siglo XXI. El desastre geopolítico de la UE fue puesto en evidencia en el famoso discurso de J.D. Vance ante los socios europeos el verano pasado. Europa ha traicionado sus valores, sus raíces, su tradición y el trabajo de restitución no lo van a hacer los americanos, que bastante tienen con lo suyo.

Por debajo de todo este barullo está la verdadera partida de ajedrez, que es la disputa acerca del papel del dólar como moneda de reserva internacional. El paradigma que ha venido ordenando la economía internacional desde Bretton Woods va a ser superado y el nuevo escenario está aún por decidir. O bien los BRICS van a conseguir un nuevo sistema de reserva global no anclado al dólar, o bien Trump va a salirse con la suya aliviando los famosos 35 trillones de deuda con una nueva legislación sobre las criptomonedas, permitiendo que la liquidez fluya hacia el nuevo mercado de stablecoins. WLFI, el conglomerado de inversión financiera del grupo Trump, no solo ha lanzado durante el 2025 sus propios tokens y su propia stablecoin, sino que esta semana ha presentado su nuevo proyecto Defi; la legislación para la ordenación del mercado crytpo está siendo discutida en el Congreso americano, con el lobby bancario luchando por sus privilegios frente a los nuevos sistemas monetarios alternativos. Esta misma semana el propio Trump, en uno de sus arranques de sinceridad, ha conjeturado que pueden solucionar el problema de la deuda “comprando un poco de bitcoin”. Como suele ser habitual, para encontrar el verdadero origen del problema, basta con seguir el rastro del dinero.
En medio de todo el barullo están los venezolanos, que tendrán que lidiar con una nueva especia de chavismo domesticado, plegado de manera obscenamente evidente a los intereses USA por simples motivos de supremacía militar. Trump no quiere un nuevo Afganistán. Desmontar completamente las estructuras de poder de un estado enemigo, como se hizo con Libia o con Siria, solo conduce a la creación de avisperos incontrolables, en los que ni siquiera una ocupación militar prolongada y carísima garantiza resultados óptimos. El exilio venezolano salió a festejar en las calles la caída del tirano, pero la fiesta se ha quedado a medias. No estamos ante la restauración de la “democracia” sino ante el establecimiento de nuevos campos de fuerza en el equilibrio global. Los EEUU lo tienen claro, como también Rusia y China. De momento, quien está fuera de juego es la UE con todos sus Macrons y Starmers y todas sus Groenlandias. Y dentro de la UE, España es quien está en peor posición por la espantosa política exterior del sanchismo abrazado a la causa de Hamás. En este juego se va a pagar muy cara la pequeñez moral y la insustancialidad política. Y a nosotros nos sobran las dos cosas.
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